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07 diciembre 2010

La Copa Davis desata la fiesta en Serbia


ARTÍCULOS

Por 

  • Jorge Viale

Foto: Paul ZimmerEl equipo serbio

Albert Einstein tuvo una primera esposa serbia, Mileva Marić, profesora de matemática. Luego de conocerla e incorporar las costumbres de la que sería madre de su primer hijo, el célebre físico opinó (no sabemos si en broma o en serio) lo siguiente: “Yo ya no creo más en los médicos. Todo el tiempo hablando en contra del alcohol, y en Belgrado la gente vive tomando y es sana y feliz…”.

En la noche del lunes, en Belgrado, hay cerveza por doquier en puestos callejeros, también agua potable para tomar en forma gratuita desde un tanque móvil. La gente está tomando y cantando, miles de personas en la Gradska Skupština, el Ayuntamiento de la ciudad. Anuncian a Novak Djokovic, Viktor Troicki, Janko Tipsarevic, Nenad Zimonjic, el capitán Bogdan Obradovic, también a Niki Pilic, el consejero croata que ganó la Copa Davis con tres países distintos: Alemania en 1988, 89 y 93, Croacia en 2005 y ahora Serbia. Todos usan gorro de lana; no está tan helado como días atrás, pero tampoco es cuestión de enfermarse.

“Campeones, campeones”, gritan los fans, tratando de no caerse (el parque está en una lomada, el terreno presenta ondulaciones) ni pincharse con los cactus traicioneros. La pantalla gigante servía como referencia, especialmente para los que no se podían acercar al balcón del imponente edificio.

El mismo locutor del Belgrade Arena hacía de presentación de ceremonias. Movedizo en el balcón del Ayuntamiento, Djokovic no podía ocultar su cansancio: la noche anterior había sido alegremente “difícil”. Aun con voz ronca y los ojos rojizos, el mejor singlista mostró su condición de buen orador.

“Srbija, Srbija”, comenzó a cantar el Nº 3 del mundo, y la multitud lo imitó. El presentador tomó el micrófono para el momento esperado: la simbólica ofrenda de los trofeos. Allí estaban los cuatro jugadores y el capitán, exhibiendo la Copa Davis en miniatura, la que quedará en sus vitrinas personales o donde elijan guardarlas. El locutor anunciaba el nombre o el apodo (“Noleeeee”) y la gente completaba: “¡¡¡Djokovic!!!”. Así con cada uno. Flamean banderas serbias por todos lados, también desde los edificios lindantes con el parque.

La hora y media de fiesta terminó con la música de Vlado Georgiev, cantante y compositor pop montenegrino, que levantó todavía más a la multitud con su tema Citav Svet Menja Se (El mundo ha cambiado) y demás éxitos de su discografía. “Es el cantante pop más conocido de Serbia”, me dice una adolescente con las mejillas pintadas de rojo, blanco y azul. No sé si creerle, quizá sea una fan y pierda objetividad.

Djokovic tomó el micrófono, casi no le quedaba voz, pero no podía defraudar a su público, compuesto mayormente por jóvenes. Si bien el baloncesto y el fútbol siguen siendo las disciplinas más populares en Serbia, Djokovic es el ícono del deporte que más crece en este país, con una ascendencia especial entre los adolescentes. A raíz de sus victorias, sumadas a las ex Nº 1 Ana Ivanovic y Jelena Jankovic, el tenis se encuentra en expansión en Serbia, deja su status de deporte de elite para llegar a las clases populares.

Georgiev finalizó su celebrado repertorio pero eso no apagó la música en el centro de Belgrado. El pop de la década del ’80 y un cancionero tradicional serbio promovieron al baile, mientras los jugadores se retiraban a descansar en un bus contratado especialmente (no faltaron los que se arremolinaron frente a él para tener las fotos más exclusivas). En el baile se armó el que quizá haya sido el tren humano más grande de la Historia. Habrá que consultarlo con el libro Guinness. Interminable.

Una hora después de terminada la fiesta popular, es tiempo de una cena más bien familiar del otro lado del Río Sava, en el búnker del equipo serbio, el Novak Café de Nueva Belgrado.

Los guardaespaldas vigilan la entrada de comensales, mientras que los jugadores serbios se juntan en una mesa larga por última vez. Djokovic no puede escapar de la música y el karaoke: esta vez con un show de una voz femenina, otra masculina, y clásicos del rock y pop, como Money for Nothing, de Dire Straits, o un tema que Nole canta con ganas: The Wall, de Pink Floyd.

El fotógrafo contratado especialmente por el equipo serbio toma las últimas imágenes grupales en la puerta del restaurante, mientras una leve llovizna comienza a caer. Es el momento del último estruendo, justamente en una ciudad que se acostumbró a explosiones indeseadas y mortales no hace mucho tiempo.

Los fuegos artificiales multicolores fueron lanzados sólo para ellos. Los cuatro campeones soltaban sonrisas como si fueran niños en Navidad. Se despidieron con un abrazo, cada uno se retiró con su pareja, deseoso de iniciar unas vacaciones cortas pero inolvidables.

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